CONTRASTES. CRÓNICA DE UN ROBO MÁS EN LA PLAYA

Aquí otra cuasi crónica de un robo. El día a día del venezolano común. Esta vez nos tocó a nosotros después de un buen día de playa (Post de Highness Club). crónica de un robo naiguata

 ”La duda se ha instalado
en los quicios de las puertas.
Impasible, roedora,
manirota y esperpéntica.
Se anexiona a tus zapatos,
se convierte en lanzadora
de arrebatos intangibles,
de conquistas inexactas.”
Olga Domínguez.

 

“Te doy un tiro” debe ser una de las frases más mencionadas por los malandros en toda Venezuela. Un “te voy a matar” demuestra vacile, nervios, descubre a un principiante. Después de este robo mi familia y yo nos debatimos sobre cuál de las dos frases nuestro verdugo había usado  contra mi hermano.

Yo había escuchado un “te voy a matar” que se correspondía con las maneras nerviosas del locutor. Mi mamá decía que había ofrecido un tiro. La víctima decía otra cosa. Todos coincidíamos en que probablemente el malandro era un principiante o estaba muy nervioso. No obstante, al tener un metal del que nosotros carecíamos, no pudimos hacer mucho.

Afortunadamente –sí, en este país nos hemos acostumbrado a verle el lado bueno a todo- no nos quitaron mucho. Había pensado en escribir que nos robaron a medias, o nos cuasi robaron. Tenemos nuestros teléfonos y documentos –a excepción de Jorgito, que es otro tema-. Pero el hecho de que tengamos NUESTRAS cosas “más importantes” con NOSOTROS, no lo hace menos robo.

De igual manera nos quitaron dinero. Una “paca” –montón- de billetes de 10 bolívares que si eres de Venezuela, comprenderás, ya no vale nada, pero era nuestro. Se llevaron los lentes de mi mamá que cada día está más ciega y ahora tendrá que pagar una millonada por unos nuevos.

En mi bolso estaba mi cargador, protectores de calor para el cabello, el estuche de mis Hawkers, unos lentes Pull & Bear que me había regalado mi papá y eran mis favoritos, ¿Hay vida en la tierra? De Juan Villoro –aún no me lo había terminado de leer- y un porta cosméticos MAC con lapiceros de colores y una libretica de MichelleUz Blog. Gracias al cielo no llevé maquillaje.

Se llevaron nuestras llaves. Por fortuna,  mi papá guardaba una del carro en la billetera, que precavidamente había dejado adentro del automóvil junto con todas las demás y nuestros celulares. Sí, por “precaución”.  Tal vez porque presentimos  que ese día estábamos tentando al hampa. Un 10 de enero, vía Los Caracas, había llovido el día anterior, las calles solas… Sí, no muy buen día para ir a la playa. Pero… ¿Quién iba a saber?

 

Los momentos luego de un robo suelen ser casi igual de tormentosos. Si sales ileso –que es una bendición- comienzan los “Y si…” que hacen que te culpes a ti mismo de haber hecho algo que en otro lugar del mundo sería completamente normal. ¿Y si no hubiésemos ido a la playa hoy? ¿Y si nos quedábamos en otra playa? ¿Y si nos íbamos más temprano? ¿Y si…? Sin mencionar que se te ocurren millones de maneras en las que los malandros podrían usar tus cosas para dar contigo y seguir robándote.

Además, albergas esa esperanza de que conseguirás algunas de tus cosas –las que no les van a servir- tiradas en algún lugar cercano. Y no pasa.

Después de ser robados, Jorgito entró en crisis. A él sí se le habían llevado sus papeles y su celular. Que te roben el teléfono, para nosotros, bien llamados por uno de mis profesores  como monstruos del siglo XXI, es como que nos roben parte de la vida. Nos dedicamos casi casi más a convivir de manera digital que física. Nuestras relaciones sociales dependen de likes , followers y comentarios. O simplemente de Whatsapp. Al menos en su mayoría.

Nuestro trabajo también depende del engagement y la influencia. Y todo, todo eso es posible gracias a un aparatico inteligente que te permite hacer todo de manera instantánea. Porque aunque puedes llevar tu Tablet o laptop a todos lados, no puedes usar todas las herramientas de Instagram a través de la web ni es tan cómodo llevar una Tablet en los bolsillos.

CRÓNICA DE UN ROBO

La cosa ocurrió así. Nos disponíamos a irnos. Mi papá abrió la cabina –que hace de maleta- de su carro para guardar las sillas y otros utensilios utilizados. Nosotros terminamos de recoger y nos encaminamos al carro. Llegó la moto, se bajó el “parrillero” –el acompañante del motorizado- y le pidió el teléfono y su billetera. So cliché.

“No tengo nada, no tengo nada”, fue la reacción de mi papá a quién ya le temblaba la voz. Mi hermano, quien tenía los dos bolsos –el de mi mamá y el mío- se movió a ver qué pasaba. Y esta es la parte donde no recordamos si ofreció tiros o muerte. Pero sí coincidimos en que fue el momento en el que nos dimos cuenta que apuntaba a mi progenitor con un arma. El malandro, al voltear hacia a mi hermano y mencionar otra frase en la que no concordamos, se dio cuenta que tenía los dos bolsos y los pidió. “Mande bolsos”.

 Desafortunadamente el teléfono de Jorgito estaba en mi bolso junto a su billetera. Porque no contentos con llevarse la vida digital de mi novio, también se llevaron su identidad física. Lo que lo hace existir entre la gente. No por azar se llama Cédula de Identidad, ni por casualidad es uno de los requisitos para tener cuentas bancarias y documentos. Son numeraciones que te hacen único entre todos los demás.

 Y la verdad es que si estuviésemos en otro lado del mundo, haber perdido todos los documentos no sería mayor problema. Pero estamos en Venezuela. En el país donde los organismos públicos son el purgatorio y los bancos una forma de tortura china.

“Dame la cadena” continúo apuntando a mi papá. Y aunque parezca que ocurrió en un tiempo más largo, el robo no tomó más de tres minutos. “Y los celulares”, dijo también meneando el revólver de forma inexperta. “Están en los bolsos”, mentí yo. Pero sirvió para que se fueran.

En algunos de mis sueños más horrendos, esos en los que me roban, intento defender y hacer lo imposible por conservar mi celular. Tal vez esto lo había soñado ya y por eso dije lo que dije para que se fueran.  Tal vez, como en mis sueños, funcionó. Ya he pasado por el doble robo –vida digital y real- y sé qué se siente.

Mi primer iPhone 4s fue robado en su primer año de uso. Es eso. Se te va una parte de la vida porque los teléfonos celulares se han convertido en la extensión digital de nuestro yo. La otra parte se te va con tus documentos legales y cuentas bancarias. Porque a continuación invertirás –perderás- demasiado tiempo de tu vida tratando de recuperar todo.

 

Sobra decir que apenas terminamos de recoger nos fuimos. Conseguimos una patrulla de Guardias Nacionales y nos devolvimos con ellos a la playa a ver si habían rastros de los ladrones –o mejor, de nuestras cosas-. Advertimos a las últimas personas que quedaban en el lugar, y también se fueron. Evidentemente, la justicia en este país está subvalorada por algún motivo. Ellos mismos nos demostraron lo poco que podían hacer con un “esto es cosa de todos los días”. No obstante, quedaron en llamar si conseguían algún indicio de la identidad de Jorgito.

El camino de retorno estuvo lleno de silencio con comentarios esporádicos de mi hermano. Quien de vez en cuando miraba a mi novio de reojo a ver si soltaba alguna lágrima por sus cosas.  No hablamos, pero queríamos pedirle disculpas. Él no quería ir ese día a la playa, yo aunque quería que fuera lo podía aceptar y mi mamá insistió y lo buscamos. De alguna manera todos nos sentíamos culpables de su situación.

Cuando dejamos a Jorge en su casa el silencio se rompió y las culpas salieron a flote. Todos coincidíamos en lo costosos que están los teléfonos, en lo difícil que está el país, en lo estresante de sacar los papeles. En que insistimos para que fuera y fue prácticamente el único afectado.

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2 comentarios

  1. Ay Michi, que lamentable que esto suceda como pan de cada dia en las vidas de nosotros los Venezolanos. Es demasiado triste que en 3 minutos puedan quitarte tanto, que aunque es material cuesta tanto recuperar. Pero lo importante es que siguen con vida y pueden contarlo!

    Lo siento mucho

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