EL DÍA QUE CAMBIÉ DE LOOK

Las peluquerías son lugares donde puedes conseguirte a muchos personajes, a mi me tocó uno muy divertido y peculiar el día que cambié de look.cambié de look

Todos los cambios, aun los más ansiados, llevan consigo cierta melancolía.
Anatole France.

 

Calingua

“Se llama Calingua, algo así. Yo lo tengo ahí, pero nunca lo he usado. Dicen que sirve para todo eso. Dice aceite de cannabis, ¿qué es cannabis?”

“Lega, lega, legalización… ¡Cannabis! de calidad y barato”, canta Ska-p en mi cabeza mientras escucho a dos señoras detrás de mí en la peluquería. Decidí venir con mi mamá a cambiar de look.

¿Será que les digo qué es cannabis? ¿O mejor me callo y evito malos entendidos? No sé sobre la planta porque la haya probado, sino por cultura general y azares de la vida.

Actualmente donde quiera que vayas, existe alguien que consume alguna sustancia ilegal y puede informarte sobre el tema. También por simple curiosidad de escuchar conversaciones ajenas. O bueno, porque estudio en La Central.

Pero… ¿me dará tiempo de explicar todo esto sin que mi mamá piense que he probado drogas? O peor, que mis amigos son unos adictos… Es que ella es un poco exagerada algunas veces.

No me dio tiempo de decirles a las señoras qué es el cannabis porque cambiaron de tema mientras yo me debatía.

Ya son dos horas de estar aquí y las dos señoras, que llegaron como 20 minutos después que nosotras, han hablado de todo. Desde los hijos hasta los nietos. Desde el cabello hasta las uñas. Desde Maduro hasta Capriles.

Una de ellas, rubia, pasada los 50 –quizás más de lo que parece-, da la impresión de no poder estar callada nunca. El silencio no reina por más de diez minutos continuos. Ni el secador acalla la voz de aquella mujer.

Mi peluquería es igual a economía y libertad

La verdad es bastante simpática y agradable. Me recuerda a alguien a quien no recuerdo en este momento. No quiero que suene como una queja, pero sí me gustaría hacer notar que no sé de dónde saca tanta energía para hablar.

Mi peluquería no es nada fancy, pero no la cambiaría por ninguna otra –al menos hasta ahora- Aquí puedo traer la laptop y escribir mientras escucho a la rubia hablar de los bachaqueros (revendedores de comida regulada en Venezuela) y tengo papel de aluminio en la cabeza. Workaholic? Un poquito nada más.

Si no es el caso, puedo dormirme en las sillas cuando me hacen esperar demasiado. Hasta puedo comer y beber lo que quiera sin que nadie me mire feo. Además, los precios son considerablemente más económicos que en cualquier otro lugar y tiene el lava cabezas más cómodo que he probado en la vida.

_¡¿Y qué tienes tú por aquí?! – pregunta la rubia y me hace despegar la vista de la laptop-. ¿Estás llorando? ¡¿Por qué!? ¿Por el pan?- y suenan risas infinitas. Se lo preguntó a su compañera, a quién le aplican una cirugía capilar.

_“Ese es el producto”, le responde la peluquera. Pero las risas no dejan que se escuche la explicación.

Asumo que estaban hablando dela situación actual de las panaderías en Venezuela. Poco después me toca lavarme el cabello y sentarme a que me pongan lo que será mi nuevo color de balayage.

La rubia se volvió un personaje

La señora, que a todas estas aún no sé cómo se llama, echa un cuento sobre cómo está tan destruida la sociedad. De cómo hay gente pidiendo en la calle y de cómo vio a una madre pegarle a propósito a su bebé y pasar a un Banco. “Para salir antes”, completa el cuento mi mamá que trabajó en Bancos.

Se habla de asesinatos y de cuentos por comida. El más cómico y del cual me hubiese encantado saber más fue de una trifulca que provocó la señora en Traki.

Resulta que gracias a una de las lluvias torrenciales de diciembre se metió a la tienda y decidió comprar aceite gracias a la influencia de una señora que le dio la idea. Como toda cola simpática en Venezuela, se armaron conversaciones y, como en toda conversación, se tocó el tema política.

_“¿Y saben lo que ha dicho la mujer que me invitó a comprar el aceite?” – pregunta la rubia en tono stand up comedy.

_¡Ay, era chavista! –le respondo yo.

_ ¡Síííí! –responde- ¡Que no había vivido mejor que en estos 18 años! –se exalta – Ahí empecé yo a hablarle de mis padres y de hace años… Y una señora de más atrás, que también era chavista me replicó. Dijo ‘esta se ve que tiene carteras caras, vieja oligarca’. Pero unos muchachos que estaban más adelante también empezaron a echarle peste al gobierno. Y las mujeres seguían gritando Y ¿saben lo que ha pasado? –de nuevo tono stand up comedy- los muchachos comenzaron a gritar ¡Y va a caeeerrrr, y va a caaaeeeerrrr! Y todo el mundo empezó a gritar.

Todas nos reímos. Un cuento que comenzó con cubrirse de la lluvia terminó con casi una protesta en Traki. ¡Es que uno conoce a tremendos personajes en la vida!, pienso yo. Cada cuento que echaba era mejor que el otro pero ninguno superaba ese de la tienda departamental.

La señora, de la que aún no sé el nombre pero sí que tiene 64 años, ha desafiado a la Policía, a funcionarios de instituciones públicas y hasta Guardias Nacionales. Uno hasta le dijo ¡Usted lo que está es loca!, y la dejó irse.

Se fue mientras me lavaban el cabello para retirarme el tinte. Escuché los “Hasta luego” a lo lejos y respondí, al unísono, con quien me lavaba el cabello “chao”.

Cambié de look

En todo el día no había estado ansiosa sobre el cambio que estaba a punto de realizar. No sé si era por la señora o porque ya lo había intentado con papel crepé y me gustó el resultado. Pero el lavado me pareció el más largo de mi vida.

Cuando me levanté, fui hasta donde mi mamá se encontraba para ver su cara y ella, revisando el celular, no me notó hasta que le dije ¡es casi fucsia! Pero me encanta. “Se ve bonito, se ve bonito”, me respondió más emocionada que yo.

Y la verdad me gusta. Está en la delgada línea entre ser una punketa loca -sin ofender- y una niña convencional un poco arriesgada. No obstante, ¡Aún no me acostumbro!

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