El debate del desayuno

La palabra nostalgia, que supongo viene del griego, 
tiene la connotación de querer estar en el pasado con demasiada fuerza.
El pasado es un sitio espléndido, no quiero cancelarlo ni arrepentirme de él, 
pero tampoco quiero ser su rehén.
Quisiera lograr un equilibrio, y olvidar algunas cosas. 
A medida que envejeces, la gente te habla más y más de tu pasado, 
lo cual está bien en ciertas dosis. Pero debes cuidarte de no permanecer en el pasado 
o corres el peligro de no entender las cosas que cambian a tu alrededor.
Mick Jagger en entrevista de Juan Villoro

A esta hora, hace una semana, despertaba en una cama que no es la mía. En una ciudad que no es la mía. Con alguien que no es mío. A ver, más allá de lo posesivo que pueda sonar esta frase, para explicar e ilustrar: con una persona con la que no tengo ningún vínculo afectivo. Aunque no niego que a largo plazo es algo que podría ocurrir. O no. No soy dueña del futuro, aunque sé que nuestras decisiones definen mucho el famoso destino.

Es un pequeño dilema entre el “todo lo que tiene que ser, será”, y el “mis decisiones van forjando mi camino”. Son dos vertientes que no son excluyentes, la verdad. Al menos no desde mi punto de vista. Es decir, sí, tomamos decisiones diariamente. Como dice Blanca Suárez siendo Lidia en uno de los capítulos de alguna de las primeras temporadas de Las chicas del Cable: “En la vida siempre hay que tomar decisiones. Algunas veces son pequeñas, incluso insignificantes. Otras son enormes y pueden cambiarlo todo para siempre. Entre un sí y un no hay una vida de felicidad o de desgracia. Porque cuando no se puede tener todo hay que elegir, y al hacerlo, uno siempre tiene miedo a equivocarse.”

Entonces sí, la verdad es que somos dueños de nuestro destino o de nuestra vida en tanto que tomamos decisiones que pueden generan pequeños o muy grandes cambios, pero lo hacemos dentro de un abanico de opciones posibles, lo que hace que evidentemente, a la larga, lo que tiene que ser, sea.

No podemos decidir sobre los demás, por ejemplo, y eso es una de las limitantes. Siempre estamos condicionados a actuar en un marco contextual que protagonizan otros factores humanos, naturales o hasta seres no vivos. Imagínense si existiera algún tipo de configuración patológica en la que por alguna razón biológica o espiritual o científica o filosófica o por alguna clase de ciencia, una mente persuade a la otra para que tome algún tipo de decisión que no sea su predilecta. Yo no imagino cómo funcionaría eso. Y cuando lo pienso, me siento bien de no tener ese tipo de responsabilidad o interacción, porque la verdad también es peligrosa.

Mientras eso no pase, seguiremos en el debate de hasta qué punto somos dueños de lo que decidimos, o hasta qué punto tenemos carácter de decisión, o hasta qué punto eso afecta el resto de las vidas. Y si hablamos de debates, ahora que amanezco en mi cama, pensando en la semana pasada y en hasta qué punto puedo decidir, tengo el dilema del desayuno.

Soy una morning person que también puede ser nocturna. No los dos a la vez todo el tiempo, pero también puedo lograrlo. No soy de las personas que excluyen una opción. Al disfrutar de las mañanas, es como intrínseco que la primera comida del día sea súper importante, pero me pasa que no tengo apetito a veces me despierto. Y aunque disfruto mucho de desayunar, en algún punto de la mañana cuando ya me dan ganas, mi gran debate es si en mi rutina de morning person tengo que tenerle ese gran amor a desayunar temprano.

Porque sí, sí amo desayunar, eso es un fact. Pero tan temprano, pues ahí si nos vemos más complicados. Creo que mi opción predilecta es el moderno y sofisticado brunch. Solo que si tenemos en cuenta que en nuestra rutina no siempre nos fajamos a hacernos un buen desayuno, no sé si eso pueda llamarse brunch. Ojalá todos los días pudiera pedir Desayunos a la carta y que todos los días me sintiera en Sex and the city o Gossip Girl bruncheando.

Creo que los emprendimientos para dar detalles están cada vez mejor orientados a las experiencias y eso es un gran alivio, porque en un mundo donde la tecnología cada vez nos arropa más, tenemos que ser más humanos y la humanidad se trata de eso: experiencia.

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