Cambiamos, para bien o para mal, lento o rápido, pero lo hicimos, lo seguiremos haciendo. El mundo lo exige.

When you love someone you have to be careful with it, you might never get it again
Nocturnal Animals

Otro día más en confinamiento. Es el 138 consecutivo, aunque en algún punto antes del tercer mes hubo par de semanas flexibilizadas. Se ha puesto peor, y es real. Pero el miedo merma porque la crisis económica provocada es peor que enfrentarse a una enfermedad. ¿cuánto hemos cambiado desde el día uno? ¿cambiamos? Para todos los que romantizamos la cuarentena y el encierro darnos cuenta de que hemos vuelto a la calle de a poco y nada ha cambiado es una desilusión.

Sobre todo, si nos damos cuenta que nosotros mismos somos una decepción. Que hay hábitos que dijimos íbamos a mantener y resulta que los olvidamos. Que hay descubrimientos de cuarentena que se quedaron allí. Que hay vínculos que desarrollamos y no fueron otra cosa más que casuales. Hurts. Siempre duele darse cuenta de que somos víctimas de nuestro propio verdugo interno. Que es verdad que el mundo entero cambió, pero para nosotros es un trabajo más lento.

Desde mis primeros semestres en la universidad entendí que somos el único ser vivo completamente racional –o que tiene la capacidad de-, pero el canal más pobre de comunicación: necesitamos dormir, comer y satisfacer necesidades que muchas veces son autocreadas o autoimpuestas. Caprichos. Si no estamos en las condiciones óptimas nuestra comunicación y la fidelidad de la misma se ve afectada.

Por todo eso y más todo se nos hace más difícil. Los humanos aprendemos lento porque tenemos demasiado contexto que nos afecta. Queremos luchar contra eso, pero no tenemos mucho éxito. Somos recelosos con los cambios. En mayor o menor medida. Y es una osadía generalizar porque precisamente en todo lo que se hace referencia hay demasiados matices y somos únicos e irrepetibles. Pero, aun así, como una masa general, somos lo que somos. Los recuerdos nos persiguen y aunque queramos cambiar, comenzar de nuevo o ser mejores, la melancolía de lo que fue nos ancla. Poco o mucho. Pero ahí está.

Los hábitos de consumo cambiaron, ahora nos importa más lo exclusivo

Anyways, es verídico que lo haremos, eventualmente. Que ya lo estamos haciendo, aunque no como lo imaginamos el primer día de confinamiento. El romanticismo se nos perdió en el camino de la desesperación. Otra prueba de que no hay que esperar un nuevo día, un nuevo mes o un nuevo año para cambiar y accionar. La industria de los alimentos y la de la moda es la que más se hacen notar en eso. O donde particularmente lo notamos. Además de la evidente industria del turismo que fue golpeada fuertemente.

Ahora, sí, podemos vestirnos, podemos querer probar todos los outfits que no hicimos durante el encierro. Pero las tendencias dejaron de importarnos. Ahora podemos preocuparnos más por unos buenos zapatos de vestir que nos duren por siempre, que por el calzado que sabemos va a pasar mañana su furor. Ahora nos importa más el propósito de una marca y su historia. ¿Qué con esto estoy ayudando al planeta? ¡claro! ¿Que soy parte de una tradición zapatera en una ciudad que es famosa por la calidad y el calzado artesanal? Por supuesto que sí me interesa el calzado de lujo en ese caso. ¿Que es mejor comprar local y apoyar el talento nacional? Sí, esa soy yo. Y también eres tú. A veces queremos mejorar nuestros hábitos y no nos dedicamos a accionar, entonces algo pasa y hacemos cambios obligados –o algo así- y debemos recordar que como alguien que no recuerdo dijo una vez: “todos los cambios, aun los más ansiados, llevan consigo cierta melancolía”, y quizás no necesariamente por lo que dejamos atrás, sino por el cambio interno que eso representa.