Desde que inició el año he estado en un proceso de cambio y de aclarar muchas cosas en mi vida: emocionales, profesionales, económicas, entre otras… y aunque en el proceso he sido mucho menos impulsiva e inestable de lo que pude haber sido en años anteriores, donde era un huracán emocional, sé que es necesario un poco de tempestad antes de la calma.

No niego que está siendo un proceso difícil, descubrirse y mejorar lo que no nos gusta siempre es un proceso que nos cuesta. O al menos a mí me cuesta abrazar lo que no puedo cambiar y actuar conforme a lo que sí. Soy una persona a la que le costaba mucho dar su brazo a torcer, con posturas demasiado fijas y que no afrontaba mucho ciertas cosas hace unos años. Además que después de cierto tiempo puedo admitir que también soy un poco orgullosa en algunos casos.

El 2015 me enseñó muchas cosas y desde allí comencé a suavizar ciertas actitudes y terminé sintiéndome como una loca emocional que no podía mantener sus decisiones en cierto punto de los meses siguientes. Luego me di cuenta de que la verdad soy bastante determinada con ellas una vez ya las hice, porque lo que de verdad pasa conmigo es que soy muy indecisa, me cuesta enormemente decidir, pero una vez lo hago no hay vuelta atrás. O muy pocas veces las hay.

Lo que me expliqué a mí misma en esos años es que por tanto tiempo me enfoqué en mantener y reforzar mis posiciones que cuando flexibilizo un poco, siento que es como si estuviese mal hacerlo. Lo que no siempre es así. La cuestión está en saber cuando no querer cambiar una opinión es ser demasiado soberbia y cuándo cambiarla es ser demasiado débil. Un punto en el que he fallado algunas veces, pero que he acertado en otras, y probablemente siga así. No obstante, a diferencia de antes, me permito y equivocarme y creo que eso es lo más importante.

Escribo y reflexiono todo esto desde un balcón con vista a la piscina y el mar. Con los pájaros hablándome y el sonido de las olas como el mejor soundtrack. Dejo la parte emocional de lado, e imagino muchos viajes que no puedo hacer actualmente por el tema de pandemia mundial y cómo uno se guarda sus ideas para después, cuando se puedan realizar.

Uno de mis sueños viajeros. Otra píldora de esa wishlist eterna de cosas que me gustaría hacer antes de morir, es esa tuya que va desde Ushuaia, en el archipiélago de Tierra del Fuego, el Fin del Mundo, el punto más al sur de Suramérica, en Argentina; hasta Alaska. Que quizás no es el punto más al norte del norte en América, pero una de las distancias más largas que recorrer para decir que se paseó por todo el continente.

Para hacer eso es necesario tener una planificación magistral de lugares a dónde ir, un presupuesto que permita vivir más experiencias que prescindir de ellas y saber que se abre un abanico gigantesco de opciones porque todos los países que conforman esa línea que, evidentemente no es recta, pero atraviesa todo un continente y hasta dos, son completamente distintos.

Lo más preocupante, en algunos casos, son las políticas n para recibir a los extranjeros en cada país. Además de la seguridad en los mismos, claro. Por ejemplo, para poder atravesar Estados Unidos y llegar a ese punto del norte llamado Alaska, que también forma parte de este país, se debe ir a la Embajada de EEUU para pedir una visa de turista que nos permita movilizarnos por todo el territorio sin ningún problema legal.

Lo mismo debe ocurrir para otros países. Así como los días de estadía que te otorgan para poder andar por ellos. Cierro el cuaderno donde estoy escribiendo y me voy a ver el mapamundi de la sala para hacer mi recorrido así sea con los dedos. Por ahora.