Usa protector solar todos los días. Es así de simple. El único producto de skincare que es realmente indispensable utilizar independientemente de tu tipo de piel.
Y es que ya la historia te la sabes: el protector solar fue, sin exagerar, el mejor hábito que incorporé a mi rutina de belleza y bienestar, incluso antes de entender del todo por qué era tan importante.
Crecí entre abuelas que amaban el maquillaje y las cremas para la cara, pero realmente el protector nunca estuvo en la conversación. En mi infancia, e incluso adolescencia, y sobre todo con mi tono de piel me la pasé escuchando frases como “el sol es vida”, “un poquito de color no hace daño” o “estás muy pálida, no te escondas del sol, agarra un poquito de color”. Y cosas por el estilo.
Aunque nunca fui de tostarse durante horas, jamás me he expuesto al sol por mucho tiempo bajo mi conciencia o responsabilidad, tampoco era especialmente constante. Me lo ponía en vacaciones, algunos días nublados no, y muchas veces lo olvidaba por completo en la rutina diaria.
Hasta que con toda esta narrativa del skincare hace algunos años, también, un día, entendí algo muy simple: cuidar la piel no es estética, es respeto por tu cuerpo y salud. Bienestar a largo plazo.
El momento en el que todo hace click
No fue una arruga ni una mancha lo que me hizo cambiar. Fue información y curiosidad. O curiosidad e información. El orden de los factores no altera el producto. En este caso, el resultado: usar protector solar diario. Incluso cuando solo voy a estar en casa.
Leer, escuchar a dermatólogos, entender cómo funciona el daño solar acumulativo. Comprender que el sol no avisa, no duele en el momento, pero deja huella. Y así, otro montón de detalles que a veces no comprendo del todo, la verdad.
Ahí entendí que el mejor consejo que te puedo dar no tiene que ver con una crema milagrosa ni con un tratamiento costoso. Es algo mucho más básico, accesible y poderoso: usar protector solar todos los días.
El protector solar no es solo para la playa
Uno de los mayores errores que cometemos es pensar que el protector solar pertenece únicamente al bolso de verano. La realidad es que los rayos UV están presentes incluso cuando el cielo está gris, cuando trabajas frente a una ventana o cuando sales solo “un momento”.
Incorporarlo a la rutina diaria fue un antes y un después para mí. Se volvió tan automático como lavarme la cara o cepillarme los dientes. De hecho, esa asociación con la higiene de la mañana fue la que hizo que fuese más rápido adquirir el hábito. No porque tenga miedo al envejecimiento —que también— sino porque entendí que la piel es un órgano vivo que nos acompaña toda la vida.
El secreto para todo es la constancia
No sirve tener el mejor producto si lo usas solo cuando te acuerdas. El verdadero impacto está en la constancia. Aplicarlo cada mañana, reaplicarlo cuando corresponde y elegir una textura que realmente te guste usar y vaya con tu tipo de piel.
Porque sí, el protector solar también debe sentirse bien. No pesado, no incómodo, no como una obligación. Cuando encuentras uno que se adapta a tu piel, deja de ser un paso extra y se convierte en parte del ritual.
O, en algunos casos, el por qué haces el ritual. A mi me gusta tanto como se siente, huele y queda mi protector solar actual que es el momento que más disfruto. También es la señal de que mi día está comenzando oficialmente.
Belleza que se construye a largo plazo
Vivimos en una era de resultados inmediatos. Queremos efectos rápidos, cambios visibles ya. Pero el cuidado de la piel —como casi todo lo importante— es una inversión silenciosa. El protector solar trabaja hoy para protegerte mañana, dentro de cinco años, dentro de veinte.
Y eso, para mí, es una de las formas más honestas de autocuidado: hacer algo por tu yo futuro sin esperar aplausos inmediatos. Es algo que requiere de fuerza de voluntad y confianza en el proceso. Incluso fe. Creer en algo que no estás viendo.
El consejo que siempre doy (aunque no me lo pidan)
Si alguien me pregunta por rutinas, por productos o por cómo empezar a cuidarse la piel, mi respuesta es siempre la misma: empieza por el protector solar. Todo lo demás suma, pero esto es la base.
No importa tu edad, tu tipo de piel o si te maquillas o no. Este hábito atraviesa estilos de vida, tendencias y estaciones. Es universal, democrático y profundamente necesario.
Usarlo también es una forma de amor propio
Hoy no concibo salir de casa sin protector solar. No desde el miedo, sino desde la conciencia. Desde entender que cuidarme también es una forma de quererme, de escuchar a mi cuerpo y de honrar el tiempo que pasa.
Y tú, ¿también eres evangelizador(a) del protector solar?






