Uno de los rituales favoritos de cada año, el inicio oficial de la época decembrina: montar el árbol de Navidad.
Me costó años entender el valor que tiene montar el árbol de Navidad para mi mamá. Es de esas cosas que entiendes de adulto y cuando estabas adolescente solo lo vivías sin internalizar muy bien qué estaba pasando. De esos momentos que se vuelven importantes cuando de verdad los integras a tu identidad.
Es un ritual heredado. Mis abuelas amaban la Navidad. En especial mi abuela materna. Creo que no había pasado Halloween (o apenas había pasado) cuando ya ella tenía todas sus cajas afuera. Mi mamá, aunque con influencia de un contexto en el que cada vez se celebra menos la Navidad, es igual.
El árbol de Navidad en nuestra familia siempre ha sido, entonces, más que un adorno: es el punto exacto en el que una casa empieza a sentirse hogar, donde el tiempo baja el ritmo y la cotidianidad se llena de pequeñas ceremonias. Es un momento para compartir y estar juntos. En resumen: a mi mamá le encanta que estemos todos y que cada quien ponga aunque sea un adorno.
No importa cuántos años pasen: hay un momento específico en el calendario en el que sé que algo cambia. Se sacan las cajas guardadas, se desempolvan las luces, se revisa qué adornos sobreviven al tiempo, y mi mamá empieza a pensar dónde irá el árbol este año. Ahí comienza oficialmente la Navidad.
Un símbolo que va más allá de la decoración
El árbol no es solo el centro visual de la sala. Es un símbolo. Representa pausa, intención y encuentro. Incluso para quienes no viven la Navidad desde lo religioso, el árbol marca un antes y un después en el año: el cierre de ciclos, la nostalgia de lo vivido y la esperanza silenciosa de lo que viene.
Cada año lo armamos diferente, incluso un año lo pusimos al revés (porque esa era la moda y mi papá también se une activamente al amor por la decoración navideña), pero siempre con la misma sensación: la de estar creando un espacio que invita a quedarse, a bajar la velocidad y a reconectar. Es curioso cómo un solo elemento puede cambiar por completo la energía de un lugar.
Hemos tenido árboles grandes y pequeños, minimalistas y recargados, naturales y artificiales. Algunos años fueron más sobrios, otros más brillantes. Y hoy entiendo que cada uno reflejaba exactamente el momento que estaba viviendo.
Crear rituales que se repiten año tras año
Hay algo profundamente reconfortante en repetir rituales. Armar el árbol, prender las luces por primera vez, sentarse a mirarlo en silencio una noche cualquiera. Son actos pequeños, pero cargados de significado.
Y ahora ese es mi ritual heredado. Sigo yendo a la casa de mis padres para cumplir con nuestro encuentro navideño, y ahora también en mi hogar esta escena es una parte importante de nuestras fechas decembrinas.
En un mundo que va rápido y exige tanto, el árbol se vuelve una excusa perfecta para detenerse. No todo tiene que ser productivo. A veces, solo se trata de crear belleza y presencia. A medida que pasan los años, mi relación con la Navidad se ha vuelto más consciente. Menos ruido, más intención. Y el árbol sigue siendo el centro de todo, pero desde un lugar más sereno.
No necesito que sea perfecto. Necesito que se sienta mío. Nuestro. Que tenga historia, luz y significado. Que me recuerde que cerrar el año también puede ser un acto amable.
Un cierre que vuelve a empezar cada Navidad
Cuando enciendo las luces del árbol por última vez antes de apagar todo e ir a dormir, siempre pienso lo mismo: qué poderoso es este gesto tan sencillo. Un árbol, unas luces, un espacio compartido.
El árbol de Navidad no es solo decoración. Es memoria, es pausa y es promesa. Y quizá por eso, año tras año, sigue siendo uno de nuestros rituales favoritos y que buscamos cumplir sea como sea.






