Había magia en ese calzado estilo Mary Jane que usaba diariamente como mis zapatos de colegio. No los olvido y siempre los quiero de vuelta.
Todavía los recuerdo. La verdad fueron dos de este modelo, pero los que más me encantaban fueron los que usé entre 3ero y 4to año de bachillerato. Eran tipo Mary Jane, con una correa delicada sobre el empeine, negros, brillantes, pero, al contrario de los regulares que son ligeramente rígidos al principio, estos eran muy suaves.
No eran “especiales” en el sentido adulto de la palabra, pero para mí lo eran todo. Nadie más ni en mi salón, ni en el colegio, tenía unos zapatos como esos. Ni siquiera recordaba dónde los había comprado porque fue uno de esos días en los que encuentras tesoros donde menos lo esperas.
Me hacían sentir tan distinta, un poco más arreglada, con más estilo, una fashionista total. Incluso, un poco más segura, dentro del uniforme. Mientras otros zapatos pasaban sin pena ni gloria, ese par sí se quedó conmigo. Y no solo en fotos antiguas o recuerdos borrosos, sino como una referencia clara de cómo incluso en la infancia comenzamos a construir identidad a través de lo que usamos.
El uniforme como primer lenguaje de estilo
Durante años se ha subestimado el impacto que tiene el uniforme escolar en nuestra relación con la ropa. Se piensa que, al ser “igual para todos”, no deja espacio para la expresión. Pero basta con mirar los detalles: el largo de la falda, la forma de llevar la camisa, los accesorios que complementan todo (si en el colegio te dejan llevarlos)… y, por supuesto, los zapatos.
Los mary jane eran clásicos, sí, pero también tenían algo elegante. No eran deportivos, no eran toscos. Tenían una feminidad discreta, una estética que hoy llamaríamos atemporal. Sin saberlo, ya estaba aprendiendo una lección clave de moda: las piezas clásicas siempre regresan.
¿Por qué esos zapatos siguen importando hoy?
Con el tiempo entendí que no era solo nostalgia. Era diseño. Era funcionalidad. Era estilo sin exageración. Los zapatos tipo mary jane que tantas llevamos en el colegio hoy reaparecen en pasarelas, editoriales y armarios adultos, reinterpretados, modernizados, pero fieles a su esencia.
Y no solo este modelo, los mocasines (que este 2026 seguirán en las tendencias), también. Ahí ocurre algo hermoso: te das cuenta de que los zapatos que amaste de niña no estaban tan lejos de los que sigues eligiendo ahora. Porque el buen diseño no entiende de edades, sino de intención.
Además, cuando hablamos de zapatos escolares, no solo hablamos de estética. Hablamos de comodidad, durabilidad, de acompañarte en jornadas largas, recreos eternos y caminatas diarias. Elegir bien ese calzado es una decisión más importante de lo que parece.
Así que elijamos nuestros zapatos con consciencia
Hoy, cuando pienso en zapatos escolares, no los veo como una obligación ni como un trámite. Los veo como una oportunidad. La oportunidad de elegir piezas bien hechas, cómodas, resistentes y, si es posible, bonitas. Porque sentirse bien también importa cuando estás aprendiendo, creciendo y formando carácter. Creo que incluso más.
Mi consejo —desde la experiencia y desde el recuerdo— es no subestimar ese detalle. Un buen par de zapatos puede marcar la diferencia entre algo que se usa por obligación y algo que se recuerda con cariño años después.
El poder emocional de lo cotidiano
Lo que usamos a diario deja huella. A veces no lo notamos hasta mucho después. Pero esos pequeños gestos —abrochar una correa, caminar con seguridad, mirarte los pies y sentir que todo está en su lugar— también construyen autoestima.
Mis Mary Jane no sabían que algún día escribiría sobre ellos. Pero fueron parte de mi historia. Y quizás por eso hoy sigo creyendo que incluso en lo más funcional puede haber belleza, intención y estilo.
Porque al final, los zapatos que usamos para ir al colegio no solo nos llevan a clase: también nos enseñan, sin darnos cuenta, a caminar con identidad.






